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martes, 1 de abril de 2014

Receta para una revolución educativa


Abraham Nuncio

Si, como señalan diversos organismos internaciona­les (Unesco, OCDE, TI, PNUD, HRW, etcétera), Mé­xico se clasifica entre los países más atrasados en materia de lectura, matemáticas y ciencias, y a la vez ocupa los primeros lugares en términos de corrupción, desigualdad, violencia y criminalidad, a nadie debiera asombrar el altísimo porcentaje de deserción escolar que registra nuestro desdichado país.
Aparentemente alarmados, los integrantes del pleno de la Comisión Permanente de la Cámara de Di­pu­tados por ese porcentaje, en enero pasado recomendaron a la Secretaría de Educación Pública y a las instancias de los estados responsables de la educación adoptar políticas públicas para evitar el fenómeno. En el texto del punto de acuerdo correspondiente se señala la existencia de una preocupante situación en el sistema educativo nacional ante el abandono diario de las aulas de cerca de 5 mil alumnos.
La propia SEP advirtió que introduciría un nuevo modelo educativo a partir del programa de escuela de excelencia. Esta medida obedece a las cifras de la OCDE que muestran a México situado a la cola de sus países miembros y a los números más pesimistas de la organización Mexicanos Primero: de cada 100 alumnos inscritos en el primer año de primaria, sólo 64 la concluyen; 46 terminan la secundaria; 24 finalizarán el bachillerato en tiempo y forma; 10 ingresarán a la licenciatura, y sólo dos realizarán un ­posgrado.
De antemano se sabe que es el régimen socioeconómico el que determina la deserción escolar. Algunas de sus causas las consigna el documento de los diputados: desde la falta de recursos económicos hasta las malas condiciones de las escuelas. Causas y efectos: esos cinco mil niños y adolescentes excluidos de las aulas (un millón 47 mil 718 alumnos entre agosto de 2012 y julio de 2013) son captados, según la SEP, por la vagancia, el trabajo derivado de la necesidad o el crimen. Y como también se sabe que ese régimen no va a cambiar, mejor será que a los niños y adolescentes se les prepare como si ya se fuesen a graduar de la profesional para enfrentar, en su vida diaria, todos esos problemas e intentar resolverlos.
¿Cómo enseñar a los niños y adolescentes a guiarse –lo cual no puede ser sino mediante el criterio–, a imaginar soluciones, a reproducir su entorno y a reproducirse ellos mismos creativamente? Yo no veo otro camino que el de la lectura por la vía del placer, del juego y del ejercicio crítico. Lectura de libros, periódicos y pantallas. Desde muy temprano es preciso enseñar a los niños (de paso a sus padres y maestros) a interpretar críticamente no sólo lo que leen, sino lo que ven –señaladamente en la televisión, que es la fuente que emite con mayor frecuencia los engaños más gruesos y las imágenes impregnadas de anticultura y violencia descarnada e introyectable.
En la lectura está el autoaprendizaje que no les da ahora las maestrías ni los doctorados a ese ínfimo 2 por ciento de la matrícula total. Porque lo que aprende es, en lo fundamental, el fortalecimiento del régimen injusto que padecemos y uno de cuyos cocientes es la deserción escolar. En sus más de 20 años de estudio en las aulas quedan vacunados contra cualquier expresión de conciencia social, de solidaridad y combate a la opresión. Son vidas segregadas a la práctica de la libertad, de la democracia y de la lucha contra lo que Julio Cortázar llamaba la muerte climatizada. Cuando egresan con sus flamantes posgrados ya se hallan a medio camino de ser –recuerdo para la paráfrasis el poema de José Emilio Pacheco– todo aquello contra lo que luchaban pocos años atrás… si es que luchaban.
La televisión, el espectáculo, el ascensionismo a toda costa hacia las cumbres del éxito propietario y el poder, pero también la escuela, como lo veía Iván Illich y lo siguen señalando intelectuales lúcidos como Noam Chomsky, educan a la mayoría para que abrace y reverencie el orden de los poderosos y los más ricos. El orden responsable de que la gran mayoría de los niños y adolescentes se vayan a la calle a trabajar o a delinquir: ese que los diputados ven fracasar en sus narices y para el que sólo tienen diagnósticos incompletos y flácidos y ninguna estrategia integral y musculosa.
Esa estrategia se reduce en realidad a una receta: colocar a México en el último lugar de desigualdad económica y social, corrupción, violencia, criminalidad, deserción escolar, analfabetismo funcional (yo añadiría, catequesis, control, autoritarismo y bobería erudita), hambre, salud. Y por el contrario, ponerlo en el primer lugar de distribución equitativa de la riqueza, calidad de vida, criterio y mirada crítica, capacidad creativa y alto nivel de conciencia para combatir la injusticia, la antidemocracia, la falta de honestidad y transparencia en la gestión pública, la marginación, los prejuicios culturales y el disimulo como sustituto de la práctica probada. En otras palabras: la revolución educativa requiere en México de una revolución a secas. La de hace un siglo se pudrió.
El azar apoya mi juicio. Veo el número 123 de la revista Dos Filos, editada en Zacatecas y coordinada por José de Jesús Sampedro. En el artículo El proceso revolucionario, su autor, Julius Lester, afirma: El proceso revolucionario demora décadas en realizarse. La generación que por fin toma el poder da la impresión de haber iniciado una revolución en un corto lapso. Pero no es así. La generación que logra tomar el poder simplemente termina un proceso iniciado varias décadas atrás.

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