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viernes, 26 de julio de 2013

Lo cierto es que hay gente en movimiento, haciendo para cambiar su vida y su sociedad. Suceda lo suceda en los próximos años, estarán allí, batallando por un mundo mejor.




Extractivismo, movimientos y revolución
Raúl Zibechi

Días atrás se realizó un encuentro en Caracas para debatir las relaciones entre movimientos y estados, y cómo la autonomía y el poder popular pueden construir alternativas a un desarrollo anclado en el modelo extractivo. Participaron militantes de 30 organizaciones y movimientos, desde las cooperativas agrupadas en Cecosesola y la Red Nacional de Sistemas de Trueke hasta indígenas amazónicos y yupka, colectivos juveniles, culturales y artísticos, afrodescendientes, feministas y diversas expresiones urbanas y rurales. También hubo debates y encuentros con el Movimiento de Pobladoras y Pobladores.
Es importante constatar la fuerza y determinación de estos movimientos, la profundidad y certeza de su análisis, el carácter autónomo de sus reflexiones, la certidumbre de que enfrentan un periodo decisivo en la vida política. Si hubiera que sintetizar, algo más que difícil cuando las palabras circulan y dan vueltas y más vueltas, tres serían los temas centrales que debaten: salir del extractivismo, profundizar la autonomía y construir un modelo productivo de nuevo tipo.
El extractivismo apareció de dos modos. Uno esperable y ya habitual, vinculado a los daños sociales y ambientales que provocan las explotaciones mineras y petroleras, que amenazan la vida de las comunidades indígenas y campesinas. El asesinato del cacique yupka Sabino Romero por mafias de ganaderos el 3 de marzo en la Sierra de Perijá, estado de Zulia, es parte de la ofensiva de los terratenientes contra quienes luchan por la demarcación de sus territorios ancestrales en una zona donde avanza la minería.
Muchos grupos no indígenas y aún urbanos pelean contra las consecuencias del modelo extractivo. A las consecuencias que ha generado durante más de medio siglo un modelo asentado en la extracción y exportación de petróleo, se suma ahora la creciente presencia de mineras y la construcción de grandes obras de infraestructura.
La crítica a la cultura rentista, que convierte a los movimientos en dependientes del Estado y tiene una larga tradición en Venezuela, fue algo inesperado. Uno de los grandes cambios en ese país ha sido la democratización de la renta petrolera, antes reservada a unos pocos y ahora derramada hacia los sectores populares. Sin embargo, esa democratización no hizo sino reforzar la cultura rentista e instaló el modelo productivo como algo inamovible. En el seno de los movimientos, esa cultura atenta contra la productividad, como señalan los colectivos que integran el Parque Cultural Tiuna el Fuerte.
Lo interesante de esta mirada es que coloca el problema abajo, no arriba. El extractivismo es un dato de la realidad, al igual que la hegemonía de la cultura rentista. Pero lo que denominan como ausencia de productividad es parte de un desafío cultural que se puede encarar y ganar. De eso hablaron los movimientos y en esa tarea están centrando sus esfuerzos.
Los productores agrupados en Cecosesola (Cooperativa Central de Servicios Sociales del Estado Lara) abastecen de alimentos a una cuarta parte de la población de Barquisimeto, capital del estado de Lara con sus tres mercados semanales que venden 450 toneladas de alimentos. En sus seis centros de salud atienden 190 mil personas al año. Todo lo que hacen es autogestionado.
La red de trueke intercambia lo que produce, desde alimentos hasta artesanías, pero también saberes y servicios, utiliza monedas comunales y se pregunta cómo impulsar la construcción de poder popular sin ser destruida por funcionarios ineptos o el poder del dinero.
El Movimiento de Pobladores y Pobladoras tiene más de 300 edificios ocupados en Caracas, muchos estaban abandonados y ahora los autogestionan. El mayor movimiento urbano agrupa a inquilinos que resisten los desalojos, los comités de tierra urbana que nacieron en 2002 cuando se aprobó la regularización de asentamientos urbanos autoconstruidos, a los trabajadores residenciales, antes llamados conserjes, y a los damnificados por desastres naturales. Están construyendo 14 grupos de viviendas con base en la ayuda mutua, crean comunidades urbanas en camino hacia una profunda revolución urbana.
Tiuna el Fuerte es una de las experiencias juveniles urbanas más potentes del continente. Es uno de los pocos colectivos que consiguen trabajar con jóvenes pobres con prácticas ilegales, para construir con ellos espacios de creación cultural y artística mediante su participación en la Escuela Endógena de Hip Hop. Las reflexiones sobre el rentismo petrolero de las mujeres de Voces Latentes, que trabajan junto a los colectivos de Tiuna el Fuerte, es notable: si logramos modificar la cultura rentista y la inclusión a través del consumismo, por una cultura productiva y autogestiva, estamos empezando a salir del modelo extractivo.
Se dirá, en sintonía con cierto estructuralismo, que hasta que no se cambie el modelo productivo no se modificará el comportamiento de la población, que la cultura depende de la producción, que la cultura por sí sola no puede, que ese modo de hacer política tiene resonancias posmodernas. Sin embargo, la lucha de clases, la lucha en general, no es un dato estructural sino una construcción ética de los de abajo. No hay determinismos desde las fuerzas productivas hacia el resto de la sociedad. No deberíamos juzgar sin conocer las intenciones de quienes están haciendo.
En Venezuela hay potentes movimientos, entendidos como prácticas colectivas capaces de transformar parcelas de la sociedad modificando el lugar material y simbólico de quienes los integran. En ocasiones esa porción de la sociedad se ha sentido y se siente apoyada por el Estado y por los diversos gobiernos. En ocasiones no. Lo cierto es que hay gente en movimiento, haciendo para cambiar su vida y su sociedad. Suceda lo suceda en los próximos años, estarán allí, batallando por un mundo mejor.

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